El objetivo es simple: viajar a Brasil en 2014 para ver y hacer la cobertura de la XX edición de la Copa del Mundo. El sueño para cualquier futbolero, después de pisar una cancha oficialmente, es presenciar un Mundial, ese acontecimiento especial que marca nuestras vidas en períodos de 4 años. Podemos recordar perfectamente en qué sillón estábamos sentados en el '86, cuando el Diego empezó a apilar ingleses, o si hacía mucho frío el día que las manos de Goyco dejaron afuera a Italia en el '90. Somos capaces de acordarnos quién nos contó que a Maradona le habían cortado las piernas en el '94 y hasta repetir el insulto que le tiramos a Ayala después de que pasara de largo con Bergkamp en el '98. Todavía bostezamos de lo largo que fue el día después de haber quedado eliminados con Suecia en el 2002, nos dura la calentura de saber que jugó Cruz y no Messi en el 2006 y aún estamos haciendo provecho de la mentira, el chamuyo, que nos comimos con Alemania en el 2010. No es poco.
Ahora o nunca
Esta ocasión es única, es diferente. El Mundial que viene se hace acá a la vuelta, en Brasil. Como nunca, tenemos el sueño de nuestras vidas al alcance de la mano. Sólo hay que hacer un esfuerzo. Juntar la guita. Prepararnos. Ir tachando los días en la pared para estar en la cita y una vez allá, laburar, disfrutar, divertirnos. Lo que habitualmente hacemos en el sitio, a través de Twitter o por Facebook, pero esta vez desde allá, sin sillón ni TV. En la cancha, en un Mundial, donde pasan las cosas. El sueño de nuestras vidas.

